Apocalipsis mortuorio


Libertad. Mi libertad. Tomada, quieta y quebrada. Como un estado de culpa inerte, sin dueño ni motivo pero presente. Como si vagara sin rumbo por sobre la frontera, sin bando ni elección. Con el libre albedrío, tan solo como mascara de aquel, que domina por sobre mi ser, sin encontrarse presente. Como una crédula idiota, obedeciendo lo que parece ser la espesura de mi propia rabia y desilusión.

Como un externo abismal en el mismísimo holocausto, existe esta alma perdida, ahogada en lágrimas secas, que brotan de una visión antaña y oxidada. Porque culpar a otros, más que a mi insolente egoísmo, ante un desdén sin sentido. Como un espejo que reflejaba en los otros lo que en realidad había en mí, engañando, si es que engaña, con la máscara obsoleta del que es y el porqué. Y corre el tiempo, mientras sigo vagando, sobre esta frontera, como una obstinante rutina, simulando que cada vez es diferente, más no es más que un mismísimo ciclo rotundo e inútil. Dudo entonces si es lo mismo porque avanzo, porque no me detengo y observo el motivo, por qué así estoy. Más no, puesto que al rededor del Necrópolis, al asecho de sus nuevos prófugos, no debo estar más que a la merced de mi propia soledad en las manos de mi yo, quien no lograras jamás escuchar. Pero todo es una ilusión y estas palabras, no son más que símbolos insignificantes, como una bitácora orbital de mi propia vida o quizás es el testamento de un alguien sin un quien, despidiendo a su amada ahora inerte, soledad.

Y al final, volvemos a lo mismo. Palabras. Libertad. Nada menos que una palabra. Nada más que su misma esencia. Teniendo la libertad entonces, de estas palabras expresadas en su nombre sin sentido y volvemos a lo mismo. Entonces, ¿cuál es el punto? Ninguno. Pero estas palabras que según son sin sentido, son el sentido de lo que los ojos ven en el apocalipsis escondido, de lo que en su verdad de mi verdad, de nuestra falsa verdad, existe. Sea entonces esta la palabra, dado que no la hay. Solo hay silencio. Tortuoso y calmo silencio. Y la prófuga libertad, quien espera paciente por el pago en su precio, la soledad.
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